La oficina del séptimo piso
Ya no dormía bien por las noches, estaba aterrado. Yo no sabía que, por un estado de locura, se podía llegar a este extremo. Todo se basaba en esa criatura, la maldita criatura había hecho todo esto. Me había hecho enloquecer. Pensaban que estaba loco, tal vez fuese verdad.
Me llamo Ted, tengo veintiocho años y no soy un loco. Yo la vi, sí, la vi, en aquella habitación de la oficina, planta séptima, la última planta del edificio y la más fácil de acceder en caso de que un loco secuestre a siete rehenes con la excusa mas absurda que he oído en mi vida. Según él, su jefe no era humano, un poco absurda, pero bueno, había oído cosas mas raras.
Nos llamaron a las nueve y media de la mañana, secuestro con arma de fuego. Había siete rehenes y me llamaron como negociador. Era bueno, y ese tipo de locura ya las había visto en otros casos, no era un caso excepcional.
Llegamos al lugar de los acontecimientos. Dentro de lo que cabe, todo era normal. El edificio estaba rodeado por coches de la policía y algunos agentes estaban entrando en ese momento en el edificio en el edificio. Entre con ellos. Estábamos detrás de la puerta de la habitación donde se suponía que estaba aquel loco. Me puse el chaleco y empecé ha dialogar con él.
—Soy el negociador Ted Smith, dígame que es lo que quiere -le sugerí.
—Quiero que se lleven a esa cosa y la encierren para que la puedan investigar ya que no es humana— dijo desesperadamente aquel hombre.
—Esta bien, nos lo llevaremos, pero antes déjeme comprobar, como gesto de buena voluntad por su parte, que no hay heridos ni muertos.
—No, no pienso soltar a nadie hasta que no se lo lleven -respondió todavía más nervioso.
—Por lo menos libere a un rehén y me cambiaré yo en su lugar, siempre le será más útil un hombre de la policía -le sugerí
—De cuerdo. Entre usted, pero solo usted. Yo liberaré a un rehén. Como vea a un solo policía entrando con usted, dispararé -el estado de nerviosismo en aquel hombrecillo era evidente.
Dicho esto, entré. A primera vista, el hombre estaba muy nervioso y asustado. No paraba de decir que su jefe no era humano, que lo capturáramos y que le hiciésemos experimentos, según él, era una nueva especie de animal. No era mas que un loco, así que le pregunte que por qué yo no lo podía ver. Me contestó que era lógico, ya que muy pocos lo podían ver. En ese momento apagaron la luz y un equipo de operaciones especiales entró dentro. Cuando me giré, lo vi, no podía creerlo, ¡existía de verdad!
El presunto loco alzó la pistola y una bala de los GEO le alcanzó, causándole la muerte. Volvieron a encender la luz y la criatura ya no estaba. En su lugar se encontraba el jefe del loco. Me apresuré a salir. Lo que más me extraño fue que nadie lo viese. Quizás lo hubiese imaginado.
Antes de salir el jefe de la empresa me miró fijamente. Me asusté. Pero no creía que me pudiese hacer nada. Mal creído.
Esa noche no pude dormir, pensando en el ser que había visto. Aunque, ¿qué había visto? Esa era una buena pregunta, que ni yo sabría responder.
Si ahora no duermo bien, antes ni siquiera dormía, y, si por alguna de aquellas conseguía dormir, todo eran pesadillas. Al final, no sabía distinguir que era real y que era imaginario. Algunas noches me parecía verlo otra vez, esperándome en el árbol que estaba justo al lado de la ventana.
Deje de ir al trabajo, porque sabía que me esperaba, las visitas a familiares y amigos eran lo más limitadas que podía. Sencillamente, como me han dicho los médicos, estaba paranoico.
Solo era cuestión de tiempo que algún familiar llamara a los loqueros. Vinieron a mi casa y me pidieron que les acompañara. Yo, simplemente, me limitaba a decir que no estaba loco y que la criatura existía.
Me encerraron en una sala de hospital, lo único para escapar, una ventana y una puerta, pero… ¿Para qué quería escapar? Estaba bien allí, en el piso quinto. Lejos de la criatura.
Aquella noche, un enfermero me dijo que el aire fresco me sentaría bien, y que me abriría la ventana. Le dije que no, pero no me hizo caso. Me levante y la cerré. Le repetí que no la abriese, que si la dejaba abierta, el vendría. No me hizo caso y la abrió. Entonces le di un empujón y llamó a seguridad. Todos juntos me inmovilizaron en la cama y abrieron la ventana.
— ¡No, él vendrá y me matará! —grite con todas mis fuerzas.
Entonces me amordazaron.
— ¡Cállese y todo irá bien!-Me dijo uno de los de seguridad.
Y se marcharon. Por la noche empecé a oír ruidos afuera. Me apresuré a deshacer las ataduras. Poco después lo conseguí y fui a cerrar la ventana antes de que pudiera entrar. En ese momento vi una sombra, no era difícil de verla, ya que estaba cerca de la cornisa. Esa cosa estaba subiendo como una cucaracha por la fachada del edificio. No podía subir por sus propios medios, como pude comprobar, ya que estaba utilizando una cuerda y estaba trepando por ella, la cuerda la habían atado los de seguridad al radiador.
Con toda la rapidez que pude, desaté la cuerda y la criatura cayó al vacío. Una señora que estaba viendo los acontecimientos desde un piso superior gritó:
— ¡Un ladrón se esta cayendo al vacío!
Me sorprendió que dijese un ladrón en vez de nombrar al ser horrible que era. Pero en fin.
A la mañana siguiente dijeron en las noticias que un hombre que dirigía una gran empresa, se había precipitado al vacío tras intentar subir por la cornisa de un hospital y dejar las ventanas abiertas sobornando a los jefes de seguridad y a un médico de dicho centro.
Nadie me creyó entonces y dudo que me crean ahora, porque ni yo sé que vi en aquella sala junto al secuestrador.